Eduardo Muñoz Ordoqui
Comentarios del artista
Serie Destierros
Tucson, Arizona, EUA (1996-98)
Estas imágenes corresponden a un proyecto sobre el exilio.
El objetivo de este trabajo consiste en transmitir la idea de un exilio
espacial o político, pero también de uno psicológico,
menos concreto o circunstancial y tal vez más universal y arraigado:
una condición de exilio permanente. De esta manera, aunque
está originado en mi experiencia familiar y personal -como
descendiente directo de republicanos españoles emigrantes primero
y en el presente, como residente en el exterior de mi país
de origen-, el trabajo pretende no limitarse únicamente a referir
un grupo social, tendencia ideológica, minoría o nacionalidad
precisas, aunque por las razones expuestas parta de la alusión
a alguna.
Para conseguir estos propósitos, emplazo la cámara en
interiores. El único asidero con el mundo exterior, el escape
a estos espacios domésticos por lo general opresivos, escape
ilusorio, es la pantalla del televisor. A través de ella se
transmiten stills de video seleccionados con anticipación de
materiales fílmicos diversos. Dichos stills son predominantemente
en blanco y negro -en ocasiones en colores desvanecidos-. De esta
manera pretendo generar un contraste visual y una distinción
temporal con respecto a la coloración natural de los objetos
y espacios que complementan las imágenes transmitidas por la
pantalla. Estas representan indistintamente el plano de la memoria
o el ámbito de la realidad externa y se conjugan con los elementos
aledaños, con la intención de sugerir conflictos, estados
de ánimo y una condición enajenada. El empleo de la
imagen televisiva y proyectada como espacio virtual intenta también
hacer alusión a la irreversibilidad del tiempo y de la historia,
a la discontinuidad de la experiencia del exiliado y al carácter
activo, obsesionante, del pasado en esa condición -sin por
ello dejar de remitirnos al presente, e incluso, al futuro-.
Serie Cartas por Sabina
Ciudad de México, México-Austin, Texas, EUA (1998-2001)
Mi hermana rehuye la comunicación epistolar. Eludiendo hablar
de sí misma prefiere hacerlo en tercera persona; es la autora
que interviene ocasionalmente en las decisiones del narrador: un amigo
al que encargó filmar un video y quien va moviendo la cámara
entre imágenes que puedieran ser de interés para nuestra
dispersa familia, imágenes de su vida cotidiana en Barcelona,
de un viaje a Cadaqués y de otro a La Habana.
Durante el viaje a La Habana, yo estaba en México, así
que no aparezco en ese fragmento del video que pretendía ser
un breve catálogo de la familia. Están ausentes también
los parientes que viven en EU, sin dudas el más evidente de
los destinatarios pero de ninguna manera el único.
Fue en 1994, tres años después de realizadas y por azar,
que puede ver las cartas de Sabina. Me sorprendió
su carácter inacabado y lo interpreté como una demandante
misiva que, extrañamente, no exigía una respuesta inmediata.
Mi sorpresa provenía del conjunto, pero sobre todo de lo que
podría llamarse el cimiento del documental: las descripciones
de los lugares recorridos, en las que mi hermana figura como mero
accesorio de los paisajes y la arquitectura (que son los casi protagonistas
del video) matizados por la fugaz aparición de algunos seres
queridos.
Este trabajo intenta ser una respuesta en imágenes fijas a
las cartas filmadas de mi hermana, una extensión de
sus historias de desencuentros y olvidos; continuación y complemento
de sus cartas, o mejor dicho, de cartas multiplicadas por mí
y por mi hermana. Las imágenes fotográficas resultantes
citan con preferencia stills que componen la cinta, provenientes
de una pantalla de televisor o del uso de un proyector, pero en todo
caso puestas en relación con elementos que funcionan como corolarios
de la información de partida.
Cartas por Sabina, por sus múltiples voces, por su aliento
fundador y elusivo, cartas-fotografías que responden a un proyecto
que fue antes un desvío que un envío.
Serie Marea baja
La Habana, Cuba-Austin, Texas, EUA (2001-2003)
Es temprano en la mañana. “¿Podemos bañarnos
aquí?”, mi padre pregunta a un pescador que está
sentado en el malecón. “Claro”, responde el hombre.
Nos bajamos del muro, caminamos sobre los arrecifes y entramos en
el agua. En ese entonces, yo tenía cuatro años. Este
fue mi primer baño de mar, casi un bautismo, un ritual que
mis amigos y mi familia continuaron por muchos años.
Treinta y tres años más tarde y después de diez
años de vivir fuera de mi país, estoy solo y de vuelta
en el mismo punto donde supongo que todo comenzó para mí.
Mi padre acaba de morir aquí en La Habana y de alguna manera,
en este entorno apacible, siento que él está cerca.
Poco a poco algunas personas (jóvenes corredores, niños,
pescadores) comienzan a llegar. Saco la cámara y tomo fotos
de algunos de ellos. Un hombre mira hacia el horizonte. Algunos niños
saltan directamente del muro al mar. Un viejo se descuelga del muro
y recoge latas vacías del suelo.
Ahora, de regreso en Estados Unidos, examino estas fotografías
recientes, junto a otras tomadas años atrás en el mismo
lugar y me doy cuenta que excluyendo unos pocos detalles irrelevantes,
en este lado de la avenida frente al mar habanero, todo y todos siguen
siendo igual. Tal vez ésta es la única parte de la Cuba
contemporánea que mi mente, memoria y mis fotografías
preferirían adoptar en esta ocasión precisa. Esa porción
de realidad local que parece sobrevivir más allá de
la política, no tocada por el tiempo y la tragedia, podría
reconciliarme con el pasado; esa porción realidad vinculada
con recuerdos que me obesionan incluso hoy.
La mayoría de las imágenes que forman parte de Marea
baja fueron tomadas en diferentes décadas en el malecón,
muro que bordea parte del litoral norte de La Habana. El malecón
adquirió un nuevo significado después de la revolución
de 1959, como símbolo de la separación entre Cuba y
Estados Unidos.
En esta serie La Habana es una ciudad sitiada por el tiempo, la historia
y la memoria. Su existencia presente está congelada; escapa
de mi conocimiento y experiencia actuales. El muro del malecón
aparece como el obstáculo obvio, visual y físico que
simboliza la falta de contacto con la vida que indudablemente fluye
detrás; es también un pretexto para el despliegue de
mis recuerdos personales, el retorno imaginario a mi infancia y la
construcción de unos de mi trabajos más autobiográficos.
La estrategia de apropiación comenzada en series anteriores
se mantiene en este trabajo, pero el proceso incluye ahora autorretratos,
retratos “actualizados”, construidos con viejas fotos
que me fueron tomadas en la infancia; algunas veces mientras estaba
solo; otras, cuando estaba junto a amigos. De esta manera, intento
recrear algunos de los aspectos multifocales y externos que conforman
cualquier identidad, no necesaria y estrictamente la mía.
Al tiempo que reciclaba archivos de otros, comencé a inlcuir
en las escenas nuevas imágenes tomadas por mí. Por primera
vez en años trabajé exclusivamente en blanco y negro.
El uso del blanco y negro trataba de superar la clara distinción
de tiempo y espacio que se establecía por el contraste visual
de elementos de color y blanco y negro –oposiciones que fueron
constantes en series anteriores-. En esta ocasión, el uso del
blanco y negro permitió construir un escenario más unitario,
donde las distinciones son más sutiles y están dadas
por diferencias de iluminación, nitidez y granularidad. Esta
carácter unitario, está a veces condicionado por la
chatedad que le imprime al escenario el uso exclusivo de proyecciones
de diapositivas y por la eliminación en el set de la tridimensionalidad
creada por espacios y objetos añadidos. La combinación
de proyecciones y exposiciones múltiples crean estructuras
que recuerdan el collage y el fotomontaje.
Serie Mundos portátiles
Austin, Texas, EUA (2003-2005)
Las fotografías de Mundos portátiles narran
de manera sumaria y figurada experiencias similares a las de los relatos
de viajes. Rescatan lecturas, casas, vivencias. Rememoran, sin referencia
explícita ni orden de prioridades, lo mismo incursiones terrestres
que naufragios. Con tono indistintamente dramático e irónico,
descubren en estos eventos cómo es de tenue la frontera entre
lo que es necesario y superfluo, entre equipaje y lastre.
Desde un punto de vista técnico, las imágenes son exposiciones
múltiples, escenarios construídos por lo general en
el estudio. Resultan de la superposición de proyecciones de
diapositivas y objetos. El tiempo parece suspendido en un equilibrio
precario que a diferencia de series anteriores, contiene más
presente y contingencia que recuerdo.
Serie Sin Reposo
Austin-San Antonio, Texas, EUA (2006-presente)
Las imágenes que se agrupan bajo este título tienen
como eje la representación parcial de algunos momentos en la
vida del líder comunista Joaquín Ordoqui Mesa (Santo
Domingo, Las Villas, Cuba, 1901-La Habana, Cuba, 1973).
Iniciar este proyecto fotográfico tomó años de
maduración, espera e incertidumbre. En Cuba, mi país
de origen, habría sido una empresa prácticamente imposible:
el tema de las purgas y la represión políticas no es
objeto de escrutinio. Fuera de Cuba, qué tienen de atractivas
y relevantes las peripecias de un comunista pro-soviético caído
finalmente en degracia?
Durante los gobiernos anteriores a la revolución cubana de
1959, la vida de Joaquín Ordoqui Mesa estuvo muy ligada a la
suerte incierta, alternativamente legal y clandestina, de su partido;
también, a los cuestionables métodos y estrategias derivados
de su posición radicalista. Ordoqui Mesa conoció la
persecución y la cárcel. En varias ocasiones, sufrió
los rigores del exilio: vivió en Estados Unidos, Checoslovaquia,
la Unión Soviética, Francia y México. En 1953
salió de Cuba para no regresar sino hasta 1959. Es muy probable
que gracias a sus vínculos con las altas jerarquías
de la dirigencia soviética, el gobierno encabezado por Fidel
Castro lo nombró viceministro de las fuerzas armadas en 1961.
Tres años más tarde fue acusado de ser agente de los
servicios de inteligencia norteamericanos. El gobierno cubano no le
celebró juicio y a falta de pruebas lo condenó por “convicción
moral”. Fue declarado traidor. Murió en reclusión
domiciliaria, abandonado por antiguos correligionarios y olvidado
por la opinión pública. Hasta el final, sostuvo su inocencia.
Su nombre fue borrado de la historia de Cuba.
Cuando Joaquín Ordoqui Mesa, mi abuelo materno, murió,
yo tenía nueve años. Mis recuerdos de él son
vagos y persistentes. Mi familia viajaba a una finca de Calabazar,
pueblo en las afueras de La Habana, en la que lo habían recluído
y donde vivía con su segunda esposa y su hijo menor. Allí
pasábamos el fin de semana. Los adultos conversaban en tono
grave y moderado. Casi siempre eran observados desde cierta distancia
por dos militares uniformados que se alojaban en una pequeña
casa cercana a la residencia principal, dentro de la finca. Los guardias
se relevaban periódicamente, de manera que la vigilancia era
perfecta, de veinticuatro horas. Los niños jugábamos
con despreocupación, disfrutando el ambiente rural que nos
rodeaba. El domingo tenía lugar la despedida y el ineludible
regreso a la vida ordinaria en La Habana.
Curiosamente, los recuerdos propios más vivos que tengo de
mi abuelo, están reforzados por imágenes fotográficas.
Mi padrasto, cineasta de profesión y fotógrafo por afición,
generalmente llevaba su cámara de fabricación soviética
y tomaba fotos de nuestros encuentros. Mirando las instantáneas,
recupero los detalles de ciertos momentos: mi abuelo, vestido de blanco
y reclinado sobre un sillón metálico, mira al frente
con expresión severa; en otra foto. conversa y ríe con
mi madre; sentado a la mesa mientras jugamos cartas, me reprende por
haber hecho trampas; en el corral posterior de la casa, da de comer
a los pollos que criaba; en la que es probablemente la última
foto que se le tomó, chaqueta al hombro y acompañado
por su esposa, va camino al hospital del que ya no regresaría.
Comencé este proyecto a la manera de un cineasta que trabaja
en una película de época, con una acción que
tiene lugar fuera del presente contingente y más allá,
al margen de su propia experiencia vital. Elegí imágenes
que correspondían a un momento del pasado más mediato,
que yo no había conocido y del que sólo sabía
por referencias orales y documentales. Tal vez por eso podría
decirse que esta parte de la serie tiene una óptica múltiple,
familiar y predominantemente femenina; está basada en los testimonios
de mi madre, mi abuela materna y de la viuda de mi abuelo, fundamentalmente;
también, en la colección de imágenes que ellas
pudieron y eligieron conservar. Los archivos contienen un material
heterogéneo que en su mayoría consta de fotos que describen
la vida privada de la familia: encuentros con amigos, celebraciones,
eventos cotidianos, viajes. Otras imágenes tienen un carácter
más público; se trata de fotografías de campañas
electorales, reuniones con colegas y miembros de otros partidos politicos,
hechos violentos y luctuosos, manifestaciones, detenciones. asambleas,
giras oficiales a diferentes países, encuentros con dignatarios,
La mayor parte de los documentos son impresiones sobre papel. Los
factores decisivos para la selección de cada imagen original
a ser utilizada fueron, de manera no jerárquica, la relevancia
histórica, el contenido narrativo, las posibilidades simbólicas
y la calidad estética. Cada imagen fue sometida a un proceso
de análisis que dictaría su posicionamiento y función
particular dentro del conjunto.
Las impresiones sobre papel fueron digitalizadas para así eliminar
las imperfecciones y el deterioro derivados del envejecimiento y la
conservación inadecuada del material fotográfico original.
Se trataba de llegar a una imagen neutral, sin la mediación
de las señales externas vinculadas con el paso del tiempo,
señales que en muchos casos provocan asociaciones emotivas.
Los archivos digitales restaurados fueron luego transferidos a transparencias
de 35 mm.
Partir de estos precedentes documentales no es decisión arbitraria.
Pese a que en décadas recientes el debate teórico ha
puesto en duda muchos de los presupuestos que le daban a la fotografía
un estatus privilegiado como el medio visual realista por excelencia,
es indiscutible también que muchas imágenes fotográficas
siguen siendo vehículo de credibilidad y certeza. Al menos,
en un nivel personal, estas fotos antiguas extraídas de los
archivos, constatan la existencia de individuos, lugares y hechos
consumados: entidades inaccesibles o difícilmente representables
por otros medios. Para el autor, las fotos vuelven a ser soportes
visuales, sustrato hasta cierto punto maleable; para el espectador,
presencia de identidades desconocidas pero difícilmente negables,
evidencias.
A la vez que ofrecía certezas, cada fotografía del archivo
abría nuevas interrogantes. En cierta medida, las imágenes
de Sin Reposo pueden ser vistas como consecuencia de esta dualidad.
Las fotos de archivo contenidas en las diapositivas fueron los puntos
de partida, elementos inacabados que desencadenaron otra serie de
asociaciones visuales.
El paso siguiente fue construir escenarios en el estudio. Estos escenarios
combinan la proyección de imágenes de archivo con otras
proyecciones de fotografías tomadas por mí, expresamente
para la ocasión, como réplica, actualización
y comentario a los eventos de partida. Objetos personales, materias
primas y espacios cuidadosamente escogidos para cada construcción,
actúan como soportes físicos de las proyecciones, pero
por lo general estos soportes no funcionan como pantallas reflectoras,
pasivas y disimuladas; transfieren su trama única a las proyecciones,
les confieren tangibilidad y tridimensionalidad; son, además,
énfasis matérico y gestual; delatan el carácter
ilusorio de las construcciones, su naturaleza dúctil y frágil,
su condición de espectáculo.
Las diversas fotografías y elementos escenográficos
convocados en el estudio ponen de manifiesto la tensa interacción
entre la representación de hechos históricos y privados,
entre memoria individual y colectiva. En esta recreación fotográfica
de eventos históricos colaterales, los mismos sujetos originales
–y no sus sucedáneos-, son los protagonistas, pero los
eventos fotografiados están visiblemente modificados, escindidos,
truncados; las conclusiones se anticipan; trama y desenlace coexisten
en un mismo plano visual.
El proceso que va de la construcción del escenario a su reproducción
por medio de la cámara fotográfica, contiene planificación
meticulosa, improvisación y azar. La concepción de la
iluminación del escenario es ecléctica: remite a tradiciones
cinematográficas y teatrales. La luz se emplea como sutura
más o menos perceptible que reconcilia imágenes, tiempos
y perspectivas disímiles; contribuye a la fusión de
esta diversidad en el conglomerado que es en última instancia
registrado por la cámara. La fotografía final sigue
siendo huella.